ARQUITEXTOS

 

 

Artista – Artesano

Diferentes y múltiples actitudes creadoras son origen de la obra de arte. Hoy nos interesan las que tienen por protagonistas al arquitecto con espíritu de artista o de artesano
Según Freud, el artista padece una suerte de afección esquizoide a la hora de la elaboración y permanencia en un ámbito creado por él de difícil acceso y comprensión para el común de las personas que lo rodean. Pero esta dificultad atenúa y le permite relacionarse con el mundo circundante al comunicarse mediante la obra de arte.
Es inherente al artista que cada expresión suya sea un acto enteramente creativo, genuino y original.
Frente a esto y simultáneamente, existe otra vertiente para la obra arquitectónica. El artesano que realiza con cada obra suya una expresión representativa de la cultura de su grupo de pertenencia. Obra en la que se puede leer los heredados elementos que el grupo ha decidido conservar, más su aporte personal. El artesano con una actitud considerada y menos egocéntrica refuerza la presencia e imágen de su grupo de pertenencia.
Hoy la globalización atomizante que homogeniza culturas, a través del negocio de la industria editorial confunde a muchos arquitectos volubles y desarraigados. Los que muchas de las veces se esfuerzan en destacarse con obras “artísticas” en detrimento de la identidad del grupo al que pertenecen o buscan complacer.
Nuestras pequeñas comunidades andinas contempladas en un ámbito global, ofrecen con sus expresiones arquitectónicas afines una identidad de imágen regional. Esta ventaja relativa a la hora de presentar un producto en el competitivo mercado mundial es válida aunque frágil. Sin embargo una vez pasado el nivel elemental de la materialidad, podemos traspasar el de la formalidad básica e intentar que la unidad tenga escala de hecho urbano, la ciudad y la sumatoria de gestualidad individual. Gestos que –como hoy sucede- desde la anarquía y egoísmo disgregan el producto urbano generando “no lugar”.

Si el paisaje natural es incuestionablemente una fuente de riqueza turística, no lo es menos para otras culturas conocer otros paisajes humanos con expresiones que los definen como lo son ciudades, casas y equipamiento urbano.
La reunión de llamativa policromía expresiva y cultural no está siendo ni portadora de mensajes coherentes ni capaz de congregar atenciones. Por el contrario parecería ser el lugar común del habitante urbícola contemporáneo. Aquel que viaja miles de kilómetros distanciándose de su hábitat en busca de ejemplos de otras maneras de habitar y las “copia y pega” sin reflexionar o adecuarse a alguna voluntad común.

Sumemos a lo natural, nuestro producto cultural con alguna coherencia armónica que responda al interés de supervivir del grupo al que pertenecemos. Para lo cual debemos aunar y reforzar nuestras expresiones artesanales primero y artísticas luego para aquellos casos reservados de las manifestaciones que así lo demanden. Caso de las obras emblemáticas, señeras, públicas y representantes de nuestras capacidades como grupo.

José A. Orol

















 





 










 


 

 

 

 

 

 

 

 

 


 


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